Volver a la presencialidad: ¿retroceso o falta de debate?

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Alguien se acuerda de la gran Pandemia de hace un par de años atras?….aquella que obligó al mundo a replantear, de manera abrupta, casi brutal, la forma de trabajar?….aquella forma que en medio del miedo, la incertidumbre y el caos, surgió como una experiencia inesperada: el trabajo remoto. No como un privilegio, no como una concesión, sino como una necesidad. Y funcionó. Funcionó mejor de lo que muchos imaginaban.

Durante ese período, millones de personas demostraron que podían ser productivas, responsables, comprometidas y eficientes sin necesidad de estar físicamente en una oficina. Pero además ocurrió algo más profundo: mejoró la calidad de vida. Menos traslados, menos horas perdidas en transporte, menos estrés cotidiano, más tiempo personal, más presencia en la vida familiar, más equilibrio emocional. Y, lejos de disminuir el rendimiento laboral, en muchos casos lo aumentó; se optimizaron procesos, se redujeron tiempos muertos, se fortaleció la autonomía, se desarrollaron nuevas habilidades digitales, se profesionalizó la organización del trabajo. Las métricas, los resultados y la experiencia concreta lo demostraron.

Entonces surge una pregunta inevitable:
si funcionó, si fue positivo, si mejoró la vida de las personas y no perjudicó el rendimiento… ¿por qué insistimos en volver atrás?, ¿Por qué el modelo presencial completo vuelve a imponerse como única forma válida de trabajar?

El problema no parece ser la productividad. Tampoco la eficiencia. Tampoco los resultados. El problema parece ser cultural. Simbólico. De control. De estructuras rígidas que no logran adaptarse a una lógica más moderna, más flexible y más humana del trabajo.

Seguimos asociando “trabajo” con “presencia física”, como si estar en un edificio fuera sinónimo de compromiso, como si el cumplimiento se midiera por la silla ocupada y no por los objetivos logrados.

Pero el mundo cambió, las personas cambiaron, las prioridades cambiaron….

Hoy el trabajo ya no es solo un espacio de producción: es parte de un proyecto de vida. Y la calidad de vida dejó de ser un tema secundario para convertirse en un valor central. No se trata de trabajar menos, sino de vivir mejor mientras se trabaja.

El trabajo remoto no elimina la responsabilidad, no debilita los equipos y sobre todo, no destruye la cultura organizacional, lo que hace es transformarla, la vuelve más basada en la confianza, en los resultados, en la autonomía, en la madurez profesional.

La presencialidad tiene valor, sin duda. El encuentro, el intercambio, el vínculo humano, la construcción colectiva. Pero eso no exige rigidez absoluta. Exige inteligencia organizacional. Modelos híbridos. Flexibilidad. Adaptabilidad.

No se trata de elegir entre oficina o virtualidad. Se trata de diseñar modelos de trabajo acordes al siglo XXI, porque insistir en estructuras del pasado cuando ya se demostró que existen alternativas mejores no es orden: es resistencia al cambio.

Y porque cuidar la calidad de vida de quienes trabajan no es un beneficio extra: es una inversión social, humana y productiva.

Tal vez el verdadero desafío no sea volver a la oficina…..
Tal vez el desafío sea aprender, de una vez por todas a trabajar de otra manera.