Simple Minds en Buenos Aires: un sueño cumplido que no quiero soltar

0
342

Nunca imaginé que iba a llegar este momento. Soy fan de Simple Minds desde que tenía 15 años. Su música me acompañó en tantas etapas de mi vida, que verlos en vivo se sentía como algo que tal vez nunca iba a pasar. Pero el 1º de mayo, en el Movistar Arena, ese sueño se volvió realidad. Y fue mucho más de lo que alguna vez imaginé. 

Desde que se apagaron las luces y comenzó el show, la emoción me desbordó. Jim Kerr y Charlie Burchill estaban ahí, a metros de mí, haciendo lo que mejor saben hacer: entregarse por completo a la música y al público. Jim, con esa energía arrolladora, ese carisma que envuelve, y su frase infaltable que ya es un sello: “Let me see your hands”.
Mi admiración por Charlie es tan grande como la que siento por Jim. Verlo tocar en vivo fue una experiencia que me atravesó el alma. Su guitarra tiene ese sonido inconfundible que es el corazón de Simple Minds. Verlo en escena, tan presente, tan auténtico, me emocionó hasta las lágrimas. 

Y no puedo dejar de mencionar al resto de los músicos que completan esta formación brillante. La fuerza y el carisma de Cherisse Osei se sintieron en cada golpe de batería, pero su solo fue directamente apoteósico: la rompió y se ganó la ovación de todos. La voz de Sarah Brown, potente, cautivadora y llena de alma, elevó cada canción y aportó una belleza única al sonido del grupo.
También fueron fundamentales Ged Grimes, aportando desde el bajo ese pulso firme y elegante que sostiene cada tema, y Gordy Goudie, con su guitarra rítmica precisa y sutil que se entrelaza con la de Charlie para crear esa atmósfera tan característica. Y no puedo dejar de mencionar a Erik Ljunggren, que desde los teclados y sintetizadores aportó capas sonoras envolventes que enriquecieron aún más la experiencia. Cada uno, con su estilo, fue parte esencial de una noche donde todo sonó perfecto y con alma. 

La banda sonó increíble, potente, cuidada, impecable. Y el ambiente que se vivía era especial. Se respiraba un aire de respeto, de amor, de comunidad. Era como estar en una reunión familiar donde todos compartíamos la misma pasión. Sonrisas, emoción, lágrimas contenidas. Nadie necesitaba decir demasiado: todos sabíamos lo que estábamos viviendo. Porque Simple Minds no es solo una banda. Es un sentimiento, una historia compartida entre ellos y nosotros. 

Cerré los ojos muchas veces durante el recital, como para grabar cada instante en mi memoria. Y aún ahora, días después, sigo reviviendo esa noche una y otra vez. Fue un sueño cumplido, sí. Pero también fue un recordatorio de por qué amamos tanto la música.
Y por qué Simple Minds —Jim, Charlie, Cherisse, Sarah y todos los que hacen posible esa magia— ocuparán para siempre un lugar enorme en mi corazón.