Personas mayores: por qué no deberían llamarlos ‘abuelos’

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Todo comienza por el modo en que se los nombra. La expresión “adultos mayores” parece precisa, pero encierra una paradoja: si existen mayores, ¿existirían adultos menores? Más allá de la etiqueta, reconocerlos simplemente como personas los ubica en el lugar adecuado: seres únicos e irrepetibles, con derechos, deseos, historia y proyectos propios.

“¿La ayudo a cruzar, abuela?”. Esta escena también es cotidiana. La intención, muchas veces es amable, respetuosa, incluso cariñosa. Sin embargo, detrás de esa palabra aparentemente inocente se esconde un hábito cultural que merece revisión. Llamar “abuelo” o “abuelita” a cualquier persona mayor no es un gesto neutro: convierte un rol en un rótulo. No todas las personas mayores son abuelas, y aun cuando lo sean, ese no es el único -ni necesariamente el principal- lugar que ocupan en su vida. Ello implica simplificar su historia, su profesión, sus proyectos, sus vínculos y su deseo.

La Lic. Graciela Spinelli, gerontóloga del Centro Los Pinos, explica que la abuelidad es uno de los tantos roles que se pueden ejercer en la vida, no una condición automática ligada a la edad. “Ser padre se decide; ser abuelo no. Es un rol que llega -si llega- como consecuencia de la vida de los hijos”, señala.

En un contexto global donde la población mayor crece de manera sostenida, el desafío es aún más urgente. Según la Organización Mundial de la Salud, para 2050 el número de personas mayores de 60 años se duplicará y alcanzará los 2.100 millones. Durante décadas, la jubilación fue sinónimo de retiro definitivo, de repliegue. Hoy esa idea quedó obsoleta. Al llegar a esa etapa, una persona puede tener por delante 20 o 30 años más de vida. ¿Qué hacer con ese tiempo?

Muchos esperan la jubilación para concretar proyectos postergados: estudiar una carrera, viajar, emprender, participar en actividades comunitarias, construir nuevas redes sociales. Spinelli insiste en que la vida social es un factor protector de la salud. “Cuando alguien deja de trabajar, pierde parte de su red cotidiana. Es clave entonces construir nuevas redes, especialmente con pares, espacios de intercambio, conversación y aprendizaje”.

La abuelidad: disfrute, no imposición

Nada de esto niega la potencia del rol de abuelo. Al contrario: cuando llega, puede ser una etapa maravillosa. A diferencia de la paternidad, no está atravesada por la responsabilidad total. “Es un vínculo que permite el juego, la transmisión de historias, la construcción de memoria familiar. Los abuelos suelen ser los guardianes de la cultura íntima: cuentan cómo eran sus padres, cómo crecieron sus hijos, qué desafíos atravesaron. En ese acto de narrar, trascienden”, agregan desde el Centro Los Pinos.

Pero el disfrute tiene una condición: debe ser elegido. En los últimos años se habla de los “abuelos esclavos”: personas mayores que asumen el cuidado diario y permanente de sus nietos sin haber podido decidirlo, o en una medida que invade por completo su tiempo.

Muchas personas mayores descuidan su propia salud, reducen su vida social o postergan proyectos personales por no saber cómo poner límites. Y eso no sólo afecta su bienestar emocional, sino también físico. Esta presión percibida, muchas veces se traduce en el cuerpo en síntomas, cuando no se puede poner límites y decir basta, el cuerpo encuentra por dónde hacerlo.

No soy tu abuelito

Desterrar el uso indiscriminado de “abuelo” para referirse a una persona mayor es un pequeño gesto con gran impacto. La identidad no se agota en la edad ni en un rol familiar. Alguien puede ser profesional, estudiante, deportista, amigo, artista y además -si la vida así lo quiso- abuelo.

Hoy conviven cuatro o más generaciones en una misma familia, cada una con tiempos, prioridades y necesidades diferentes. Todas requieren un espacio propio, respetando derechos, responsabilidades y deseos individuales. El ocio, la recreación, la calma o el descanso no significan lo mismo para todos.

Además, como la edad para ser padres se ha postergado y la expectativa de vida se ha extendido, quienes son abuelos hoy también son mayores y necesitan espacios pensados por y para ellos. Los cambios sociales ocurren, pero su incorporación lleva tiempo.

“Llamemos a cada persona por su nombre: María, Carlos o Tomás. Y si no se sabe, señor o señora. El nombre da identidad. Por eso es importante preguntar: ¿cómo le gusta que lo llamen? Siempre se está a tiempo de nombrar al otro como desea ser llamado”, concluye la Lic. Spinelli.