No sé bien cómo explicarlo. Lo vi en pantalla y sentí una mezcla de cosas que hace rato no me pasaban viendo televisión: alegría, nostalgia… pero sobre todo, vitalidad. No por lo que estaba pasando en el programa —que sí, tiene despliegue, humor, ritmo—, sino por lo que me hizo sentir a mí. Lo vi a él, con ese gesto socarrón de siempre, esa manera de pararse frente a las cámaras como si nada hubiese cambiado… y pensé: no estoy sola.
Porque a veces me pasa eso. Que no me siento una cincuentona, que no me reconozco en la etiqueta que la sociedad pone a mi edad. Que me sigo riendo con las mismas ganas que cuando tenía veinte, que sigo teniendo ideas, chispa, preguntas, y ese fuego difícil de explicar. A veces me digo en broma “pendevieja”, pero lo de ayer me hizo dejar de lado la broma. Porque vi a alguien que, como yo, parece conservar ese no sé qué que no se oxida con los años. Ese brillo, esa inquietud, eso que te hace sentir parte del mundo, todavía.
El programa se llama Otro día perdido, se emite por El Trece en el prime time, y es el regreso de Mario Pergolini a la televisión después de más de 15 años alejado de la pantalla. En el mientras tanto se dedicó a la radio, a la tecnología, a Vorterix, y hasta pasó por la dirigencia de Boca Juniors. Pero ahora vuelve con todo: una escenografía relajada, banda en vivo, monólogos, humor, actualidad, entrevistas. Se rodeó de figuras como Agustín “Rada” Aristarán y Laila Roth, y no escatimó en nada.
Competir en el rango horario con La Voz Argentina no es fácil. El rating de la primera noche no lo acompañó del todo, pero eso, sinceramente, poco me importa. Porque lo que a mí me pasó va más allá de los números. Es algo que tiene que ver con la conexión emocional que ciertos personajes generan en uno, con cómo logran ser parte de tu historia personal.
Yo crecí viéndolo romper moldes, desafiar estructuras, reírse de lo solemne. Hoy lo veo más calmo, sí, pero con esa misma mirada irónica y despierta. Y me reconforta. Porque también yo fui cambiando, pero adentro conservo intacta esa energía de los treinta, esa manera de mirar el mundo con ganas de decir cosas, de provocar, de reír. De no darlo todo por sentado.
La vuelta de Pergolini me devolvió algo que no sabía que estaba necesitando: la certeza de que hay quienes, como yo, siguen bailando al ritmo de su propia juventud interna, sin importar la edad. Y en un mundo que te quiere encasillar según la década que figura en tu documento, eso es casi un acto de rebeldía.
Foto: Instagram/ @mpergoliniok.



































