La herida invisible…una reflexión sobre las interacciones en redes sociales

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Hace un tiempo empecé a seguir en TikTok a un chico extranjero que transmite en vivo varias veces al día. Sus contenidos son simples y hermosos: nos muestra su ciudad, otras que visita, la comida, paisajes, costumbres, etc. Es como hacer turismo desde el sillón, y al mismo tiempo, aprender de una cultura distinta a través de sus ojos. Lo mejor de todo es la interacción: mientras camina o muestra algo, quienes lo seguimos vamos comentando, preguntando, y él, con infinita paciencia y simpatía, responde.

Durante semanas, esos vivos fueron un espacio de disfrute, de curiosidad genuina, de conexión. Hasta que, como suele pasar en redes, algo se rompió.

Un día, algunas personas comenzaron a hablarle de política. Él, con educación, pidió que no lo hicieran. Insistió varias veces: “no hablemos de política, por favor”. Pero no lo escucharon. Y el resultado fue que TikTok le suspendió la cuenta por unos días, supuestamente por violar las normas, aunque todos los que lo seguimos sabemos que no fue él quien las rompió. Solo intentó mantener su espacio libre de conflictos, fiel al espíritu con el que lo había creado.

Esto me dejó pensando. No solo por lo injusto del castigo, sino por algo más profundo: ¿qué lleva a una persona a insistir con un tema que el otro claramente no quiere abordar? ¿Qué necesidad hay de incomodar, de perturbar, de tensar un ambiente que era amable?

La situación me hizo recordar a otros casos. Gente muy famosa que ha tenido que cerrar sus cuentas de Instagram o Twitter por los comentarios agresivos que recibían a diario. Personas comunes que dejan de compartir lo que aman porque no soportan más el odio gratuito. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué lugar ocupan hoy las redes en nuestra forma de relacionarnos con los demás?

Yo me sigo haciendo la misma pregunta: si algo no me gusta, ¿por qué no puedo simplemente pasar de largo? ¿Por qué tantas personas sienten la necesidad de herir, de criticar, de destruir?

Tal vez las redes sociales nos dan la ilusión de que todo es público, de que todo se puede opinar, de que nuestra palabra es necesaria aunque no se haya pedido. Tal vez el anonimato (o incluso la pantalla, aunque tengamos nombre y apellido) nos da una especie de licencia para decir cosas que cara a cara jamás diríamos. O tal vez simplemente nos falta empatía.

La verdad es que no tengo respuestas cerradas. Solo ganas de invitar a reflexionar. Porque al otro lado de la pantalla hay una persona. Siempre. Y no sabemos qué carga lleva, cómo está, qué le duele.

¿Y si la próxima vez que no estemos de acuerdo con algo simplemente elegimos el silencio? ¿Y si aprendemos que no todo merece una opinión inmediata? ¿Y si entendemos que una red social puede ser también un espacio de cuidado?

Ojalá empecemos a elegir más el respeto. A ser más conscientes de lo que decimos. A no herir cuando podemos, simplemente…… seguir de largo.